sábado, 20 de noviembre de 2010

La cautiva

fotografía de Laura Rivera


En la vereda ha echado raíces una fotógrafa,  pequeña y con flequillo.  Debe creer que es invisible porque los otros pasan junto a ella y no se mueve.  Hacía mucho tiempo que nadie se detenía frente a esta  casa.   A veces las señales tienen rostros inocentes. 
Debe creer que nadie la observa,   coloca su cabeza hacia un lado y otro antes del clic.  Un rayo de luz azulino logró traspasar la barrera metálica de la celosía.  Y mi rostro descuidado queda colgado detrás de la oscuridad y en un rincón de su fotografía. 
Entre los líquidos mágicos de su estudio emergerá mi rostro humano y la sorprenderá.  Ya no puedo preocuparme más.  Tal vez la guirnalda de flores  me ayude y me oculte a su mirada sagaz.
Comienza a amanecer.  Dejo encendido el bullicio en la ventana somnolienta.  Dejo manchado de rímel el recuerdo de nuestra vida.  Y la huella de café con canela va abriendo un abismo por donde regresa una caricia.  Esa niña ha vuelto.