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sábado, 5 de julio de 2014

Declaración con aclaraciones



Anoche fui a escuchar a Pablo Bernasconi conferenciar en el Le Parc (Qué espacio cultural maravilloso) ¡Gratis! (Sí,  gratis.  Casi ni lo habían publicitado) Éramos muy pocos los asistentes. (¡Lástima que no lo fuera a escuchar más gente).  La conferencia-charla fue cálida,  entretenida,  creativa, humorística, generosa.  Todos estos adjetivos derivados de la personalidad de su autor.  Cuando llegó el momento de las preguntas eran muy dirigidas a lo económico (¡Como si su grandeza se midiera con el signo pesos! ¡Como si el verdadero encanto fuera su habilidad para vender sus productos)  Yo caí en su embrujo y me dejé llevar  por las anécdotas,  las ideas,  las demostraciones de humanidad (Descubrí que él es en parte humano porque también se equivoca.),  el sostenimiento de sus convicciones y no le pregunté más sobre lo que es verdaderamente importante:  ¿A qué jugaba cuando era chico? ¿Tenía un mejor amigo o una mejor amiga? ¿Cuál fue el primer libro que lo conmovió? ¿Por qué?  ¿Cambiaría algo de sus libros? ¿Qué libros tiene en su biblioteca de "tesoros"? (Yo tengo los de él y otros más).
Sé que sigue jugando en sus textos e ilustraciones,  pero juega con toda seriedad y en serio,  como lo hacen los niños.  Por eso creo que es un grande (Y no un adulto) con esa grandiosidad que lo envuelve en ingenuidad e inteligencia.    

sábado, 13 de octubre de 2012

La promesa






Escribir Juan de este mundo fue muy lindo,  fue un juego.  Hacía mucho tiempo que pensaba en las palabras con las que contaría la historia y un día comenzaron a bailar frente a mi propia nariz.  Hice un mapa de la novela en la que incluí todos los rincones y fue así que diagramé las historias de Juan y de Margarita por separado.  Luego se encontraban a mitad de la novela como el moño de los zapatos,  se mezclaban y volvían a seguir cada uno en su propio libro. 

Hoy estoy escribiendo el libro de Margarita que danza a mi alrededor.  Todavía no sé cómo se llamará,  pero es una alegría cada viernes y sábado que tengo un momento para escuchar las historias que me cuenta esta mujer diminuta que estaba adentro de un enorme abrigo rojo,  adentro de un vagón de tren,  adentro del corazón de Juan. 


viernes, 1 de junio de 2012




El libro de quejas



Ayer fue la presentación de Juan de este mundo en el marco del Congreso de la Lij.   Nos enteramos que teníamos 10 minutos para presentarlo porque después había cuatro libros en las mismas condiciones que nosotros.  Sentí como si estuviera en la sala de partos y una multitud de parturientas hicieran cola detrás de la puerta para dar a luz a su libro.  Como el amontonamiento en una autopista de regreso a la ciudad, los fines de semana largos; o igual a la pila de panqueques con la que mi suegra hacía sus inolvidables lasañas.

¡Qué exagerada dirá usted!  Sí,  es una exageración,  una hipérbole,  pero qué le vamos a hacer, mi sensibilidad desmadrada no entiende de retórica. 

Y así,  en medio de esa vida exagerada (no al modo de Juan Romaña) yo quería darle las gracias a Susana que tuvo tanta delicadeza al presentarlo,  tanta inteligencia que hasta llegué a pensar que por esas cosas del destino ella hablaba de una cosa que era imposible que yo hubiera escrito….  Ella le daba la bienvenida al mundo al Juan (sin) y yo,  estaba pendiente de lo que marcaba el paso del tiempo.  Tic,  tac,  tic,  tac como los pasos amenazantes de un ogro patizambo en medio de la noche. 

Susana fue encontrando hebras como rayos en el entramado de palabras.  Hablaba y cada afirmación era una revelación.  ¿Me había estado espiando mientras yo escribía cada página?  Y en el momento destinado a las preguntas también descubrí que algunos que ya habían leído el libro de mi corazón,  ayudaban a pujar.  (Y ojo que en este parto no me dolió nada.)

-¿El lugar “Portezuelo del viento” donde compra las tierras Juan es el de Malargüe o el del Aconcagua?  Porque hay uno que es denominado por los montañistas como el fin del mundo…- se explayó Fernanda. Una contracción.

-Sí,  sí,  sí. –Quería festejar yo el descubrimiento.  Porque es el fin del camino de Juan,  un final lleno,  un final que le agregaba a Juan,  el “con”.  Y porque parte del puerto de Finisterre (lugar natal) y llega a otro puerto,  a otra tierra que  también es el fin del mundo (la tierra que hará nacer al otro Juan).  Otra contracción.

¿Eso se dijo o yo me lo imaginé?  Porque los pasos del ogro se acercaban implacables y me distraían por momentos.  Y Ana contó que le leía los trabajos de Juan a su hija de seis años,  cada noche antes de dormir y le había gustado la forma de describir los personajes. Yo quería escucharla,  porque Juan es,  en primer lugar,  para ellos.  ¡Hasta podía imaginar la carita de esa niña escuchando a su madre que le “abría la puerta para ir a jugar…”!  Pero la urgencia quebraba la magia,  la burocracia era un desagradable aliento en la nuca. 

Por eso quiero el libro de quejas.  No voy a pedir que me devuelvan el dinero,  porque en todo caso lo que invertí fueron expectativas.  No voy a exigir indemnización porque no hay devolución posible o compensación para un parto a las apuradas.   No voy a demandar a la facultad porque… ¿Por qué?  Y pienso:  “Y si no voy a pedir,  no voy a exigir ni tampoco a demandar… ¿Qué hago con el libro de quejas?”