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viernes, 17 de junio de 2016

El prodigio

Dedicado a mi papá.





            El alfarero prepara el barro como un demiurgo. Mezcla el agua y la arcilla,  florece en barro. Amasa la mixtura. Blanquea la mente. Se concentra en lo incierto, en el misterio creativo. Muta el cosmos entre sus manos. Lo habita.
            Argamasa de paciencia, medida y esencia. Une el barro todo y gesta las pellas como pequeños planetas. Prodigio del corazón del artesano.
La pella es lisa, suave a caricias. Es un huevo, una promesa. Es toda la potencialidad del universo, es una muestra de humanidad.
            Con un golpe seco y preciso, el alfarero planta la amalgama en el centro del plato. Se fija ahí, le crecen raíces. Y empieza la danza: el torno gira como el eje de una galaxia. Gira chúcaro, gira, gira, gira.
            El alfarero sumerge su mano en agua y salpica la pella sedienta.  Sepulta la mano en el centro, buscando el corazón. Lo enciende. Lo seduce y el barro cede.
            Una mano ahueca, la otra sostiene el portento. Una libera, la otra contiene. Una agranda, la otra acaricia.
            Más agua, gotas que germinan en la arcilla. Crece la magia, descubre la forma del útero. Y el agujero es recipiente, es la posibilidad recién nacida. El alfarero se hace también esa vasija.
            El hombre lentifica el plato, lo detiene, cesa la danza. Un segundo quieto como un suspiro. El hombre habita la historia. Corta la unión del barro al plato, es un recién parido. Nace el ánfora, nace el alfahar.

            Toma entre sus manos recién anidadas el cántaro y lo coloca en un lugar umbrío. Allí comenzarán los dos a endurecerse y criar la vida. Luego, los besos del fuego le darán una nueva vida.     

domingo, 23 de junio de 2013

Otoño el amor.

Foto de Laura Rivera en su blog:  en el agua del tiempo 2.


Sobre la pared manchada de tiempo,  
un incendio de hojas llama al amor secreto.
Sobre la piel descascarada de las horas,
un tronco fino y esbelto me trae el recuerdo de tu sombra.
Sobre las arenas grises y lanceoladas del muro,
se recortan los mínimos gestos de tus caricias y sus hojas.  

sábado, 1 de diciembre de 2012

La lluvia desnudó tu nombre.




Brilla la ciudad a través de los ojos nostágicos del amante.  Se ilumina y se deja llevar por el recuerdo.  Invoca los pasos de la amada que lo sorprende con sus besos mojados y antes de la despedida escribe su nombre en el vidrio de la ventana transpirada para recordarse.

La eternidad se suaviza con los besos.

Ella le regala en el vidrio llovido su verdadero nombre para que la posea para siempre,  como una marca del último suspiro,  como un amor invisible que le pide su aliento.

La lluvia le borra las máscaras y la deja despojada y primigenia en la transparencia de la ventana.


sábado, 10 de septiembre de 2011

Los despojos






El sol zigzaguea entre las ramas y desata aliento de fuego. Los vestidos suspensos como bailarines del aire junto a la única pared en pie  después del bombardeo. 
Entre las rachas de cielo,  merodea otra vez la muerte de hierro.  Observando su obra,  el escarmiento. 

La pared de los vestidos es el límite del horror.  Llega María y su bicicleta hasta la frontera del cielo en busca de alimentos.  Detrás de la pared están los soldados.  Descolgaron los vestidos,  únicos testimonios de otros tiempos.  La bestialidad acecha a María y al pueblo.  Violación,  saqueo.

Una pared llena de cicatrices,  el sol que ilumina la desgracia, el humo disipado por el viento.  Luego vendrán las declaraciones de los órganos oficiales,  las disculpas,  los resarcimientos.   Pero será tarde porque entre las rachas de cielo María ve una muerte sin regreso.



sábado, 20 de noviembre de 2010

La cautiva

fotografía de Laura Rivera


En la vereda ha echado raíces una fotógrafa,  pequeña y con flequillo.  Debe creer que es invisible porque los otros pasan junto a ella y no se mueve.  Hacía mucho tiempo que nadie se detenía frente a esta  casa.   A veces las señales tienen rostros inocentes. 
Debe creer que nadie la observa,   coloca su cabeza hacia un lado y otro antes del clic.  Un rayo de luz azulino logró traspasar la barrera metálica de la celosía.  Y mi rostro descuidado queda colgado detrás de la oscuridad y en un rincón de su fotografía. 
Entre los líquidos mágicos de su estudio emergerá mi rostro humano y la sorprenderá.  Ya no puedo preocuparme más.  Tal vez la guirnalda de flores  me ayude y me oculte a su mirada sagaz.
Comienza a amanecer.  Dejo encendido el bullicio en la ventana somnolienta.  Dejo manchado de rímel el recuerdo de nuestra vida.  Y la huella de café con canela va abriendo un abismo por donde regresa una caricia.  Esa niña ha vuelto.

martes, 7 de septiembre de 2010

Muerte del tirano.


Fotografía:  Laura Rivera en su blog en las aguas del tiempo.


Muerte del tirano. (De: El lenguaje de los objetos)

La ciudad es un laberinto arrasado. Algunos pasillos, aún en pie, mantienen la esperanza alojada en los rincones. Largas hileras de ladrillos y revoques y lazos. Rutas de destinos enmadejados que quedaron en pie, en pedazos, en suspenso.
La bicicleta despintada, lenta, es el paso de María que busca entre las ruinas. Una bicicleta como alas, libertad como viento en el cabello blanco. Una foto sorprende la espalda de María que se interna en un túnel urbano. Ella busca desde hace tiempo. Ella sabe desde hace tiempo. Ella espera desde hace tiempo.
Algunos laberintos tienen pisos de baldosas sueltas, otros solamente tierra y barro. Y como filigranas delicadas, las huellas de un gato negro o de un gato payo.
La espalda sorprendida de María conduce al fotógrafo hasta un rellano donde una guitarra, tal vez dos, se desgranan en acordes claros. Guitarra piadosa, invisible. Guitarra que modula el silencio, que siembra la soledad de esperanzas y cantos.
¿Vuelve el hijo? Alegría traen sus manos. Sólo por él sobrevive María, sólo por él su corazón ha soportado. Vuelve el hijo del destierro y llega para trabajar y reconstruir lo que se tragó la guerra, pero también trae un ovillo de llanto.
Sigue María por los callejones, buscando. Le pica la esperanza en las palmas, le entibia el corazón cansado. Tararea esa canción que recobró la guitarra. Suenan las cuerdas, tal vez ellas también esperan por un canto, suave y terso que fluya entre los surcos y el trabajo.
Solamente los gatos ven pasar la madrugada y a María. La esperanza le mantiene el paso. Atrás quedan pasillos con geranios, laberintos urbanos. Al fondo se abre un pasaje, hay una puerta que corta el pasado y una bicicleta antigua que descansa apoyada en la pared llena de cicatrices.  Ellas dicen que María ha llegado.

sábado, 28 de agosto de 2010

Los caminos de la guerra

"El lodazal" de M Escher

Los caminos de la guerra. (De El lenguaje de los objetos )


Apoyada sobre las rodillas. Las palmas abiertas arriba del perfecto diseño de las huellas que dejan las ruedas, de las máquinas, de los fuegos. María parece un adorno exótico, estático, sintético. María arrulla el suelo con un llanto que cala hacia adentro. Una mejilla apoyada en el polvo, la otra hacia el infinito. Lleva el cuerpo envuelto en paños coloridos, pero el llanto amortajado en claro lienzo. De su cintura pende una bolsita repleta de hojas frescas que sirven de remedio. Junto a los talones abandonó las sandalias gastadas, oscuras, último límite cuerdo.

Se escucha la guerra que avanza por todas partes. Montada viene, en máquinas que mastican terrores nuevos, prejuicios viejos. Avanzada viene, en humo de gases feroces y venenos. Multiplicada viene, sobre el desierto perfecto. Y deja una cicatriz enorme como una boca hambrienta, como una panza hinchada, como un niño ciego.

María permanece sobre las rodillas. Permanece con sus oídos despiertos. Un oído atiende las palabras del cielo. El otro oído en la tierra le dice que su hijo ha vuelto.