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miércoles, 11 de abril de 2012

Juan de este mundo



Juan de este mundo es mi nuevo y querido libro.  Ilustrado por Sebastián Dufour de una manera dulcísima.  El tiempo que me llevó escribirlo fue un tiempo absolutamente dichoso y espero sea igualmente encantador el tiempo que ustedes pasen leyéndolo.
Aquí reproduzco algunos párrafos del principio ... para ir entrando en tema.

Juan el corto

Del puerto de Finisterre llegó un barco enorme. Desde el edificio de la Aduana, que era el más alto del caserío, se veían tres pisos de gente asomando los brazos para saludar.  Parecía un gran pastel relleno de personas o un hormiguero. 
Entre la multitud viajaba un hombre delgado y pequeño, que si no fuera porque tenía una barba de meses que le rozaba el pecho, se hubiera dicho que era un niño. 
El peregrino no tenía más equipaje que una valija marrón, del mismo marrón que fueron sus pantalones antes de desteñirse con el tiempo, y del mismo marrón que su saco prendido con dos botones minúsculos. Y también sus zapatos, cuando no estaban cubiertos de polvo, eran marrones. Su sombrero, su barba y su pelo, del mismo tono terroso.
El viajero era muy callado. Todos en el barco lo conocieron como Juan; aunque su apellido era Alonso, nadie le decía “señor Alonso”, ni siquiera “señor”.
También le decían “el corto”, porque era tímido y cuando todos se callaban para escucharlo y quedaba hablando solo, se le ponía la cara muy, muy roja. 
Al hombre le gustaba que lo llamaran Juan el corto, como si fuera el personaje de una historia de piratas, igual a aquellas que le contaba su padre antes de que comenzara la guerra y lo borrara de su vida. 
El edificio de la Aduana tenía mostradores donde los recién llegados se formaban en filas sinuosas como gusanos. Juan se colocó en la primera fila de tierra firme...

 

jueves, 22 de septiembre de 2011






El aprendiz
            La cocina del restaurante era fresca y amplia,  poco común.  El primer día para el aprendiz y había llegado temprano.  El jefe de cocineros entró como un rey en sus dominios.  Inmediatamente designó a cada cocinero un plato para preparar.  Los mozos tomaron nota y comenzaron su investigación para ilustrar a los futuros comensales.  El aprendiz esperó hasta el último turno.  Se le asignó el postre,  “Natillas con merengue”. 
            El inexperto buscó las instrucciones en el gran libro de recetas del Chef.  Mientras tanto el mozo que lo serviría tomó nota en la libreta de pedidos para armar su explicación: Las primeras en prepararlas fueron monjas.  Se las nombró “crema del cielo” y luego natillas.  Era el postre preferido de Fernando VII de Borbón.   Y al mismo tiempo el  aprendiz memorizaba las explicaciones y advertencias de la preparación:   batir las yemas con el azúcar impalpable hasta que pierdan su color.  Medir el almidón de maíz lejos del ventanal para que no se vuele.  Batir las claras a punto nieve tres veces.
            El Chef pasaba por detrás de los hombros de los cocineros con su ceño fruncido advirtiendo de los excesos. 
            Cuando el menú estuvo listo,  cada cocinero se colocó frente al espacio que ocupaba su plato en la mesa central.  Y a su lado el mozo preparado para narrar la historia del plato,  o su valor nutricional,  o las odas escritas en honor de sus ingredientes.
            El aprendiz pensó que la tensión lo iba a derretir. 
            Con parsimonia,  el Jefe de cocina probó un mísero bocado de cada plato y escuchó las explicaciones.  Su aprobación era el silencio.  Todos los ojos permanecían prisioneros de sus gestos.
            Al llegar ante el nuevo,  el plato estaba vacío.  El aprendiz se desesperó sorprendido.  Y el Maestro sonrió y demostró su sabiduría.
-         Mira el techo,  muchacho. -  Adosado al cielo raso el postre con merengue como una nube. – Siempre pasa esto la primera vez que sirves la Crema del cielo.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Los despojos






El sol zigzaguea entre las ramas y desata aliento de fuego. Los vestidos suspensos como bailarines del aire junto a la única pared en pie  después del bombardeo. 
Entre las rachas de cielo,  merodea otra vez la muerte de hierro.  Observando su obra,  el escarmiento. 

La pared de los vestidos es el límite del horror.  Llega María y su bicicleta hasta la frontera del cielo en busca de alimentos.  Detrás de la pared están los soldados.  Descolgaron los vestidos,  únicos testimonios de otros tiempos.  La bestialidad acecha a María y al pueblo.  Violación,  saqueo.

Una pared llena de cicatrices,  el sol que ilumina la desgracia, el humo disipado por el viento.  Luego vendrán las declaraciones de los órganos oficiales,  las disculpas,  los resarcimientos.   Pero será tarde porque entre las rachas de cielo María ve una muerte sin regreso.



domingo, 8 de mayo de 2011

La casa de mi infancia




¿Quién habita ahora esa galería
donde jugué mi infancia?
¿Quién es aquella que contempla la plaza
desde la ventana donde encontré
mi primer amor?
¿Quién me roba el recuerdo
y la última palabra
que nos susurramos en la entrada?
Y riegas las plantas o
dibuja mariposas que
se escarchan en tu espalda.

domingo, 24 de abril de 2011

La primera hora.




Teje la luz de la mañana
con estambres de rocío
una telaraña.

Atrapa noctámbulos que
regresan a su guarida
a digerir la noche.

Sostiene mundos errantes
que mantienen la esperanza
de sobrevivir.

Trenza la madrugada
luminiscencias y susurros
que me entrampan
que me sostienen
que me digieren
y me lanzan a seguir.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Madre e hija




Sacrificios
El viento es una máscara para mis lágrimas
Mis brazos extendidos simulan alas
Tu ausencia clavada en mi pecho
Finge la muerte.
El reloj inmutable me doblega
araña mi rostro
Mas embellece el tuyo
¿Seguiré en tu sangre?
No me consuela

sábado, 4 de diciembre de 2010

Rara enfermedad

       

        Esta mañana se presentó en la Comisaría N 25 de Real de la Madre,  una señora que reclamaba por un hecho insólito. Su hija,  tras declarar que estaba aburrida,  le pidió algo para hacer a su madre.  Ésta le aconsejó limpiar como un antídoto para la enfermedad del aburrimiento que iba tomando rápidamente a su primogénita.  La madre entregó a la hija un plumero y un trapo para dicha labor y la envió a cumplir son su misión al comedor de la casa familiar.

        Al cabo de unos minutos,  y observando la madre el silencio imperante en el recinto donde se encontraba su hija,  se asomó para espiar.  Para su sorpresa encontró el plumero en el suelo,  cerca de la ventana.  La ventana que daba al parque,  abierta.  Y ningún rastro de su hija. 

jueves, 2 de diciembre de 2010

¿Te alejas?



Busco una respuesta
colgada de una estalactita
que le dé sentido a tu ausencia.
Hoy, no me querés,
hoy, silencios ingrávidos y duros
nos aislan como muros.

Consentido mío
sin sentido
con sentido
sentido
enajenado.

Sólo viene a mí una mirada que se escapa
y luego otro silencio de crepúsculo.

sábado, 20 de noviembre de 2010

La cautiva

fotografía de Laura Rivera


En la vereda ha echado raíces una fotógrafa,  pequeña y con flequillo.  Debe creer que es invisible porque los otros pasan junto a ella y no se mueve.  Hacía mucho tiempo que nadie se detenía frente a esta  casa.   A veces las señales tienen rostros inocentes. 
Debe creer que nadie la observa,   coloca su cabeza hacia un lado y otro antes del clic.  Un rayo de luz azulino logró traspasar la barrera metálica de la celosía.  Y mi rostro descuidado queda colgado detrás de la oscuridad y en un rincón de su fotografía. 
Entre los líquidos mágicos de su estudio emergerá mi rostro humano y la sorprenderá.  Ya no puedo preocuparme más.  Tal vez la guirnalda de flores  me ayude y me oculte a su mirada sagaz.
Comienza a amanecer.  Dejo encendido el bullicio en la ventana somnolienta.  Dejo manchado de rímel el recuerdo de nuestra vida.  Y la huella de café con canela va abriendo un abismo por donde regresa una caricia.  Esa niña ha vuelto.

viernes, 15 de octubre de 2010

La Negra en fuga.


para Analía Garcetti


Cuando recuerdo mi infancia,  el primer testimonio de felicidad es la música robada.  El sol del verano no daba tregua a la hora de la siesta, ni debajo del parral, ni mojándose los pies por las acequias se sentía el fresco.  Nosotros salíamos a esa hora  a cazar lagartijas o a tirar piedras al agua de la hijuela, para no hacer bulla en la casa donde los adultos dormían la siesta.  Cuando la gente empezaba a transitar por la vereda, nos íbamos adentro a hacer las tareas de la escuela y al atardecer salíamos a dar vueltas en la bicicleta mientras mi mamá esperaba que volviera el viejo de trabajar.  Mientras papá  y mamá cenaban, nos dejaban dando vueltas en la bici por el barrio.
A esa hora indecisa entre la tarde y la noche, nos acercabamos a la panadería por la parte de atrás.  Estaba la Carmela.  Le decían “La Negra”, no era difícil adivinar porqué, al ver el color de sus brazos, de sus piernas, no se le ocurría a uno otra palabra.  (Aunque escuchábamos que los hombres grandes que reparaban en sus piernas duras y largas le decían otras cosas más, además de Negra).
Era difícil la vida de La Negra,  tenía muchos hermanos más chicos que ella y su papá, don Simón,  los hacía trabajar en la panadería a todos.  La Negra los organizaba muy bien, pero se veía que ella había nacido para otra cosa.  Tenían sólo un empleado, y en el ratito que esperaban a que llegara don Simón para trabajar, La Negra barría el patio, regaba, el empleado tocaba la guitarra adentro y ella afuera soñaba. 
Comenzaba con un murmullo que crecía lentamente, como el gorjeo de los pájaros a la mañana, como la levadura del pan.    Desde un rincón de la calle la espiábamos  callados, absortos.  Luego se iba enderezando y el canto se escuchaba mejor.  Le brillaban los dientes blancos mientras por la garganta salía una cascada de notas como agua clara.  A nosotros nos contagiaba la risa, la dulzura cuidada de su tonada.
Y después de unos minutos, cerrados los ojos, abierta el alma, se le fugaban las penas a La Negra enganchadas en las notas livianas.  Levantaba los brazos con las manos abiertas,  parecía una plegaria.  Esperaba que la guitarra le endulzara el oído  y desde allí comenzaba el descenso como si le secreteara a la parra.
La luz del atardecer se esfumaba,  pero sus voz redonda quedaba colgada de las ramas y nosotros pegábamos la vuelta en la bicicleta cuando oíamos que a gritos nos llamaban desde la casa. 
Era tan lindo espiar cuando la Negra se fugaba,  todo el camino pedaleábamos con el estómago lleno de música.